Recorrido histórico guiado en Domselaar

Un poco de historia...

Nuestro Castillo Guerrero Domselaar es un lugar lleno de historia y tragedia que se caracteriza por su imponente estilo francés: techos a la mansarda, columnas, un sótano en altura, buhardilla en el techo y 24 habitaciones de amplio tamaño, en su mayoría conservadas gracias a la permanente refacción.

En el interior de esta casa se conservan reliquias de la época como el batón chino auténtico con más de 150 años que le regaló Martín de Álzaga (su esposo) a Felicitas, una mujer de alta sociedad, quien fuere la dueña de una de las fortunas más grandes del país en su época, quedando viuda a corta edad, o el revolver lefuser de la policía montada de 1856 con el que Ocampo, el despechado enamorado de Felicitas, la mató contando ella con solo 25 años.

En el lugar también se destacan los pisos ingleses en perfecto estado, una escalera aerea, la biblioteca, un gran mueble de 1700, un sillón del 1800 del antigüo teatro Colón, ollas de cobre con más de 140 años, grabados de Giovanni Piranesi, sillas inglesas del siglo XVIII y un comedor con la mesa servida con un juego de losa inglesa que usaban los Guerrero, todo manteniendo la elegancia y el lujo de aquella época.
En su jardín alberga cedros del Líbano con 200 años de longevidad, sofora péndula, liquidambar, alcanfores entre otros.

La historia es relatada por Josefina Guerrero, sobrina nieta de Felicitas y actual dueña del Castillo. Luego de su relato, se puede hacer un recorrido histórico guiado por el lugar, donde se destaca un cuarto colonial con ropa de Felicitas, el retrato póstumo ya que no se obtuvo uno de ella en vida, e incluso el dedal que usaba.
























Carlos José Guerrero

En el año 1832 llega al país, Carlos José Guerrero y Reissig. Oriundo de España. Había nacido en Málaga en el año 1818 y era el primogénito de Antonio Guerrero Sánchez y de Antonia Josefina Rufina Reissig Ruano.

Su deseo era formar su propia flota naviera en América y en ello puso sus esfuerzos. Enseguida comenzó a hacerse de una posición económica, a frecuentar tertulias en casas de las familias tradicionales porteñas e hizo amigos entre los cuales se encontraba el hacendado Martín Gregorio de Álzaga Pérez.




Al poco tiempo de establecido, Carlos se enamoró de Felicitas Cueto y Montes de Oca, dama porteña nacida en 1822, hija de Manuel González de Cueto Mata y de Catalina Montes de Oca Garcete.  Don Manuel era dueño de la famosa tienda “Randez –vous” del mundo femenino, más conocida como “la esquina de Cueto”, que se encontraba entre las calles Perú y de la Victoria.
El amor prosperó y ambos se casaron en la iglesia de San Ignacio el 11 de enero de 1845. El matrimonio se estableció en la calle México 524 (numeración actual). La casa había sido comprada por Manuel Cueto para obsequiársela a la pareja como regalo de bodas. Allí nacieron los once hijos.
El jueves 26 de febrero de 1846 bendijo el hogar su primera hija a la que llamaron Felicia Antonia Guadalupe Guerrero Cueto. Felicia, a la que luego llamaron Felicitas como su madre, era una bella niña que se transformó en una hermosa adolescente, tanto es así que el poeta Guido Spano la calificó como “la mujer más hermosa de la República” y  la consideró La joya de los salones porteños. 
   
 Carlos Guerrero era un hombre muy severo y estricto con sus hijos y al cumplir su hija 15 años decidió que ya estaba en edad de casarse por lo que puso todo su empeño en la búsqueda de un “buen” candidato.

(En 1879, el hacendado don Carlos Guerrero fue el primer argentino en introducir al país animales Aberdeen-AnGus puros de pedigree inscriptos en el Herd Book inglés: el toro “Virtuoso” y las vaquillonas “Aunt Lee” y “Cinderella”. Más tarde le siguieron importaciones realizadas por Roth, Grant, Ritchie, Villanueva, Brown, Sauze, Hogg, Unanue, Urquiza y muchos otros.)    


Los sueños de Felicitas se esfumaron al enterarse que Martín de Álzaga había pedido su mano. Tenía algunos pretendientes, entre ellos Enrique Ocampo, tío abuelo de las escritoras Silvina y Victoria Ocampo.
      Por aquel entonces, Don Martín era uno de los hombres más ricos, hacendado, dueño de grandes extensiones de campo, dedicado a la venta de cueros, 32 años mayor que ella.

Martin Gregorio de Álzaga Pérez











La fecha de la boda se fijó muy a pesar de la niña que debió acatar las órdenes de su padre. Felicitas y Martín se casaron el 2 de junio de 1864 en la iglesia de San Ignacio. Él tenía 50 años y ella 18.
     Él la colmaba de atenciones y si bien no era el amor de su vida, ella sentía mucho respeto hacia su marido y con el tiempo le fue tomando cariño. Su hermano, Carlos Francisco, se estaba transformando en la mano derecha de Don Martín en las tareas de administración de los campos.
     El 21 de julio de 1866 nació su primer hijo al que llamaron Félix Francisco Solano. El niño trajo felicidad a la vida del matrimonio, pero a los 3 años y tres meses enferma de fiebre amarilla y fallece el 3 de octubre de 1869. Felicitas estaba embarazada de 4 meses de su segundo hijo.

Muchas angustias debió pasar desde mucho antes de la muerte de su hijito. La presencia de María Camino vino a ensombrecer aún más su vida. María Camino era una francesa nacida en 1826 con quien Martín de Álzaga había mantenido una relación de hecho durante su exilio en Brasil en la época de Rosas y de esta relación habían nacido cuatro hijos: Ángela, María del Carmen, Martín y Enrique Francisco.  Si bien no estaban casados, Martín de Álzaga reconoció a todos sus hijos y siempre se hizo cargo de ellos. Pero ésta situación sólo la conocían don Martín y Carlos Guerrero.
     Felicitas ignoraba el pasado de su marido. Esto produjo un quiebre en la relación de la pareja, pero luego la enfermedad y la muerte de su hijito superó a  todas las tragedias.

                                                                                                                                
     El 2 de marzo de 1870 Felicitas da a luz a su segundo hijo, al que llaman Martín como su padre, pero el niño nace muerto según consta en el certificado de inhumación transcripto en el testamento de Martín de Álzaga. 
     Deteriorada su salud y agravada por la depresión causada por la pérdida de sus hijos, Martín de Álzaga fallece quince días después que su segundo hijo, el 17 de marzo de 1870.
     A los 24 años Felicitas queda viuda y heredera universal de la fortuna de su marido: 71.000 has. y más de setenta millones de pesos, además de propiedades. A pesar de ello, Martín de Álzaga contempló en su testamento a sus hijos naturales a quienes también les dejó una suma importante de dinero al igual que a María Camino.
     Luego del riguroso luto, como era costumbre, de a poco Felicitas comenzó a frecuentar los salones porteños. Era admirada por todos ya que tenía modales refinados y era una mujer instruida para aquella época. Así fue que, al enterarse de su viudez, Enrique Ocampo sintió renovadas sus esperanzas y se transformó en su sombra, donde quiera que ella iba él hacía lo posible para encontrarla y declararle su amor. El hombre sentía que tenía más derechos que los demás pretendientes y si bien ella era gentil con todos, no daba esperanzas a ninguno.
     A la muerte de su esposo fue parte activa, junto con su padre y su hermano Carlos Francisco, en la administración de las propiedades, recorriendo las estancias y realizando mejoras.
     Una noche, yendo con su amiga Albina Casares, su tía Tránsito Cueto y su tío Bernabé Demaría, de la estancia “La Postrera” a su otra estancia “Laguna de Juancho”, los sorprendió una tormenta a mitad de camino, el carruaje se detuvo, habían perdido el rumbo. En eso se acerca un jinete que cuando ella preguntó en dónde estaban, le respondió: “En mi estancia, que es la suya”. Era Samuel Sáenz Valiente cuya estancia lindaba con la de Felicitas. Y poniendo su poncho en el suelo para que no se embarraran los ayudó a salir del carruaje.
     Esa noche se refugiaron en la estancia de Samuel Sáenz Valiente hasta que pasó la tormenta. Ambos simpatizaron y se enamoraron. 

Ocampo se puso furioso al enterarse de este noviazgo, no lo dejarían de lado otra vez. Lanzaba frases amenazantes tales como “Serás mía o de nadie más”. Estas amenazas también fueron hechas a su padre, pero nadie pudo imaginar el trágico desenlace. 

  El 29 de enero de 1872 Felicitas había ido al centro de la ciudad a hacer unas compras para la fiesta de inauguración de un puente sobre el río Salado, que había sido traído por el Ing. Huergo y para lo cual se reunirían importantes personalidades. Al regresar a su quinta de Barracas, su tía Tránsito le avisa que Enrique Ocampo la estaba esperando. En un principio pensó no atenderlo, pero luego decidió enfrentar la situación y terminar con el tema.
     Enrique le reprochó su relación y futuro casamiento con Samuel, pero ella le explicó que no tenía nada que hablar con él, que su decisión era irrevocable. Entonces Enrique, fuera de sí, saca un revólver y un estoque con los que amenaza a Felicitas. Su familia que estaba afuera oye la discusión y se acercan para oír mejor. Felicitas asustada intenta salir, pero la cola de su vestido se engancha en una mesa y cae produciéndosele una herida cortante en la frente. Al levantarse, Ocampo realiza el primer disparo que impacta en el ángulo superior interno del omóplato  derecho de su amada.
     Al oír el disparo irrumpen en la habitación Antonio Guerrero, hermano de Felicitas de tan sólo 14 años (abuelo de Josefina Guerrero), seguido por Cristián Demaría y su padre Bernabé Demaría. Cristián se lanza sobre Ocampo y éste último lanza otro disparo que pasa rozando el cuero cabelludo de Antonio, dejándole con el tiempo una cicatriz donde jamás le volvió a crecer el cabello.

 Cristián y Ocampo forcejean hasta que finalmente el primero coloca el revólver en la boca de Enrique y le dispara. Luego, otro disparo en el pecho deja inconsciente a Enrique.
     Rápidamente mandan llamar a los doctores Montes de Oca, Blancas y Larrosa. Felicitas había sido llevada en brazos por Samuel hasta su cama, muy mal herida, la bala había atravesado un pulmón y dañado la columna y la médula espinal. Mientras tanto, Ocampo, aún moribundo, es cargado en el mismo carruaje en el que había llegado y conducido a la iglesia de Santa Lucía, a pocas cuadras de allí, sobre la calle Larga (hoy Av. Montes de Oca). Allí fallece.

     Entre tanto, Bernabé Demaría le entrega a Antonio Guerrero el arma homicida, le pide que la esconda para que nunca nadie pueda encontrarla. Y así hizo Antonio, la escondió y guardó durante toda su vida.
 Felicitas agonizó toda la noche y a la mañana siguiente muere, el 30 de enero de 1872.
 La causa fue caratulada como suicidio de E. Ocampo y estuvo a cargo del Dr. Ángel Justiniano Carranza; curiosamente el expediente se perdió.
    Sus padres, en su memoria, hicieron erigir la hermosa iglesia de Santa Felicitas en los jardines de la quinta donde ocurrió la tragedia, a continuación del antiguo oratorio y la pusieron bajo la advocación de Santa Felicitas, mártir del siglo IV asesinada con sus siete hijos en Roma. La  iglesia fue construida por el arq. Ernesto Bunge e inaugurada el 30 de enero de 1876.

     Debido al dolor por la pérdida de su hija, la familia decidió trasladarse fuera de la ciudad en busca de tranquilidad. Así fue que Carlos José Guerrero compra  la estancia Santa Isabel a Jorge Mc Farquhar, (hoy Estancia San Carlos) y hace construir en 1872 la casona de 4 pisos en estas tierras para establecerse allí con su familia. Carlos Guerrero fallece el 12 de enero de 1896 y su esposa el 8 de noviembre de 1906.
     Josefina Guerrero heredó la casona de su padre Juan Carlos Guerrero O’Connor y éste a su vez de su padre, Antonio Tomás Saturnino Guerrero Cueto, hermano de Felicitas.-


Gracias Mabel Podestá por tu ayuda, respeto y cariño hacia Josefina y nuestra familia!




     


Castillo Guerrero Domselaar cuadro antiguo
Felicitas Guerrero

Guido Spano la calificó como “la mujer más hermosa de la República” y la consideró La joya de los salones porteños.

Castillo Guerrero Domselaar destacado 1